Capítulo 3: Comenzando la exploración
« ANTERIOR | ÍNDICE | SIGUIENTE »
Capítulo 3
Comenzando la exploración
Afuera de la tumba no había un yermo como los de Fallout. O un lago apacible como en Oblivion. Había un bosque que le recordó un poco a cuando sales de la cueva tras escapar de Helgen. Aunque con menos nieve y no tan helado.
Lo último fue un alivio. No estaba ni remotamente preparado para atravesar un bosque de aquellas características. Aunque tampoco era que el que encontró afuera en el bosque pudiera considerarse cálido; más bien, era adecuado. Debía de estar a una temperatura de alrededor de unos 20° Celsius.
Ya que estaba afuera, decidió hacer una pequeña prueba. Mejor estar seguro de que sabía cómo usar la magia para defenderse a tener que aprender sobre la marcha cuando algún animal salvaje o criatura del bosque lo atacara.
Pensó en la lista de hechizos y, para su sorpresa, el tiempo a su alrededor pareció ralentizarse mientras, en la parte inferior izquierda de su campo de visión, aparecía la lista de los hechizos que sabía.
Casi por mero instinto, equipó el hechizo Llamarada en su mano derecha.
En la palma de su mano no apareció una pequeña llama, como sucedía en Skyrim para representar que tenías un hechizo equipado. Pero sí sentía una calidez envolviendo su mano, casi como si estuviera calentándola en una fogata durante una fría noche invernal.
Activar el hechizo tampoco fue demasiado complejo. Solo tuvo que alzar la mano e imaginar que de ella salía una llamarada como en un lanzallamas.
El fuego golpeó contra uno de los muros de la tumba que acababa de abandonar, dejando una marca de quemadura en la roca blanqueada. Tras eso, Sebastián miró su mano con una expresión de sorpresa y emoción.
¡Había funcionado! ¡De verdad había podido usar magia!
La euforia pasó rápido, haciendo que su mente racional de ingeniero tomara el control.
Revisó sus estadísticas. Cómo había pensado, ese pequeño uso de la magia había reducido sus puntos de magia de 100 a 95. Así que una pequeña llamarada como esa consumía 5 de PM.
Esperó un poco, a ver si la magia se regeneraba por sí misma al igual que en Skyrim.
Cinco minutos más tarde, casi estaba seguro de que no era así. Su contador de PM permanecía estático en 95 puntos.
«Supongo que habría sido demasiado fácil», pensó, un poco decepcionado.
Su atención regresó al bosque que lo rodeaba. Los abetos se movían suavemente con el viento un poco frío, aunque soportable, que soplaba desde la cumbre. Sí, estaba en una especie de montaña.
No parecía haber un camino para bajar y, a juzgar por la vegetación que invadía parte de las paredes de la tumba, ese lugar no había sido visitado por humanos o cualquier otra civilización en un largo tiempo.
El objetivo actual según su diario de misiones era encontrar una aldea que, imaginaba, debía estar en algún lugar de esa montaña. Pero no había un camino o señal de que alguna vez lo hubo. Tampoco tenía un mapa o brújula incorporada en su «sistema», mucho menos un marcador flotante indicando a dónde tenía que ir.
—Así que será como en los RPG más clásicos —se dijo.
Posiblemente, sin pistas más allá de las indicaciones que los NPC y los libros que encontrara le dieran. Al menos esperaba que ese mundo no fuera alguna especie de Soulslike.
Considerando lo anterior, decidió ir por donde el bosque parecía menos frondoso.
No pasó mucho hasta que Sebastián se dio cuenta de que el camino que eligió era el que llevaba a la cima de la montaña. La cual, por suerte, parecía no tener una inclinación muy pronunciada. Sí, era un poco agotador, pero al menos le sirvió para comprobar que, a diferencia de la magia, su estamina sí que podía recuperarse si tomaba pequeños descansos.
«Tiene sentido, supongo», pensó. A fin de cuentas, representaba sus capacidades físicas.
El bosque de coníferas fue desapareciendo, al igual que el sol. El frío iba aumentando y Sebastián comenzó a arrepentirse un poco de haberse alejado de la tumba. Al menos allí adentró habría podido refugiarse del clima antes de aventurarse a explorar más.
Por un momento pensó en retroceder, pero la falta de un camino claro, sumado a las vueltas que tuvo que dar para esquivar rocas demasiado lisas para escalarlas sin equipo, o ruidos sospechosos que pudieran llevarlo a algún encuentro desafortunado con la fauna local, le hicieron darse cuenta de que el punto sin retorno había quedado atrás hacía mucho.
Al menos, pensó, en la cima tendría una vista panorámica que le permitiría ubicarse mejor.
Media hora más tarde, con la luz del sol prácticamente desaparecida, llegó hasta arriba. Lo recibió una cumbre más o menos plana, más similar a una meseta que a la cima de una montaña, con un paisaje cuyo bioma era más el de una zona de matorrales que a un bosque invernal.
Recorrió el sitio con la mirada. Entre las piedras y algún que otro árbol solitario, fue reconociendo estructuras artificiales. No ruinas antiguas, o quizá sí, dado el tiempo que parecían haber estado abandonadas. Aunque, para él, eran más que nada un símbolo de modernidad.
Oxidadas, con musgo y maleza carcomiendo sus estructuras, había antenas de telecomunicaciones. Y a lo lejos, los últimos rayos del sol, iluminaban los restos en ruinas de lo que sin duda alguna vez fue una estación de monitoreo de algún tipo.
Con el corazón latiendo a toda marcha, y muy a pesar del frío, Sebastián se abrió paso entre los matorrales y las rocas hasta las instalaciones.
Atravesó los restos de lo que alguna vez fue una malla ciclónica, reconociendo a lo lejos un par de vehículos todoterreno abandonados hacía años. Por fin llegó a un edificio que sin duda alguna vez fue usado por ingenieros y, quizá, científicos para hacer mediciones desde allí.
Una notificación saltó en cuanto se paró frente a las puertas:
[NUEVA MISIÓN]
LAS HUELLAS DEL PASADO
(Misión secundaria)
Objetivo: Explora las viejas ruinas en busca de pistas sobre la Tecnología Antigua.
Sebastián no prestó mucha atención a la notificación. Su mirada estaba fija en el letrero apenas legible que había en uno de los muros desgastados del lugar:
Estación de monitoreo climático «Cerro del Potosí».
Municipio de Galeana, Nuevo León.
Comisión Nacional del Agua
A la mente de Sebastián llegaron los recuerdos de los fines de semana en casa de sus abuelos cuando era niño. De su abuelo, don Eulogio Rodríguez, sentado cerca del fuego donde se asaba el cabrito y contando historias de su niñez, en los años cincuenta, cuando vivía en Galeana.
La montaña en la que estaba, ahora se daba cuenta, tenía todas las características de aquella en la que su abuelo cuidaba del ganado de cabras de su bisabuelo. Y el viejo letrero, con el reconocible logo de la CONAGUA y la bandera de México, le dejaba en claro que no podía ser otra montaña más que esa en cuya ladera se suponía se ubicaba el viejo rancho de su familia paterna.
¿Qué era ese mundo? ¿Una especie de crossover de Fallout con Elder Scrolls?
Pero, algo dentro de él, le decía que no era tan simple. El mundo donde estaba se sentía demasiado real.
« ANTERIOR | ÍNDICE | SIGUIENTE »
Comentarios
Publicar un comentario